¿Cuándo es necesaria la terapia familiar o de pareja?

Equipo médico CV

El bienestar psicológico y la salud mental de las personas dependen de múltiples factores. Hoy en día sabemos que, de entre todos ellos, son fundamentales tanto los aspectos neurobiológicos como los relacionales, en la medida en la que ambos interactúan desde el mismo nacimiento para conformar la psicología de la persona. 

Los dos elementos son esenciales, por lo que es imprescindible que ambos sean tenidos en cuenta a la hora de abordar el sufrimiento humano, tanto en sus formas más leves, como en sus extremos más graves; cuando constituyen ya un verdadero problema de salud mental.

La red de relaciones humanas en la que las personas crecemos y nos desarrollamos es enorme. Por supuesto, las relaciones familiares, si bien no son las únicas, son de las más importantes, sobre todo en la primera infancia y en la adolescencia. 

En la especie humana las crías dependen de sus cuidadores durante años; nacemos muy vulnerables y, para sobrevivir, dependemos de los cuidados de nuestros padres a lo largo de un largo periodo de crianza. 

Cuando hablamos de cuidados nos referimos, por supuesto, a defender a nuestros hijos de los peligros, a alimentarles, a proveerles de un hogar seguro; pero también a ofrecerles tanto el afecto y la contención emocional que necesitan, como la estructura y los límites que les permitan vivir en sociedad. 


Estableciendo relaciones

Las experiencias que vivimos durante la infancia y la adolescencia en general, y en particular en nuestra familia, constituyen los cimientos de nuestra psique y resuenan, de algún modo, a lo largo de nuestra vida en nuestros afectos y en cómo vemos el mundo, en cómo nos relacionamos y en cómo nos emparejamos.

Como decíamos antes, las relaciones con la familia de origen –nuestros padres, hermanos, abuelos, tíos, etc.- son muy importantes, pero no son las únicas. Están, además, las relaciones de pareja; las cuales también son un determinante de nuestra salud mental, fuente de afectos positivos y estabilidad, pero también de malestar y sufrimiento. 

Las personas nos emparejamos, tenemos hijos, formamos nuevas familias; pero también nos separamos y, en muchas ocasiones, creamos nuevas familias. 

Es evidente que en las últimas décadas las familias han cambiado, dando lugar a una gran diversidad de modelos familiares, tanto hetero como homosexuales: familia tradicional, familia monoparental, familias reconstituidas, parejas sin hijos, etc. 

Pues bien, en todos los casos es habitual hoy en día que las parejas pasen por momentos de duda, de desencuentro, de insatisfacción, llegando incluso a la separación, y en muchas ocasiones a la reconciliación. 

Estos hitos por los que pasan las parejas son auténticas crisis con grandes implicaciones, tanto para los miembros de la pareja, como para los hijos, si los hubiera.

La terapia familiar y la terapia de pareja hacen dos aportaciones fundamentales. Por un lado, tratan de ayudar a las familias y parejas en crisis, conceptualizando sus problemas y poniendo en marcha herramientas para el cambio. 

Por otro lado, también representan un modelo psicoterapéutico que permite complementar la Psicotarepia individual de un paciente sintomático. 

En  este sentido, en muchas ocasiones una persona experimenta una determinada sintomatología o malestar -tristeza, problemas alimentarios, consumo de tóxicos, etc.-, y la terapia de familia o de pareja puede ser un complemento para un tratamiento individual, sin perjuicio de que pueda también representar un abordaje terapéutico en sí mismo para dichos problemas.


¿Cuándo es necesaria la terapia?

Es muy importante hacer una buena valoración de cada caso, para decidir si hay indicación de terapia familiar o de pareja. Si se decidiera iniciar una terapia familiar o de pareja, las posibilidades son varias. 

En adultos puede combinarse un trabajo individual, con un trabajo con la familia al completo o con la pareja. En el caso de los niños, es particularmente útil (por no decir fundamental), trabajar con los padres, teniendo también sesiones con los niños. 

En adolescentes o adultos jóvenes es frecuente intercalar citas individuales con el paciente, con citas para sus padres e incluso con citas conjuntas para el adolescente junto a sus padres. 

También, se pueden agregar al trabajo individual citas con la familia al completo o sólo con los hijos. Estos son sólo algunos ejemplos de las posibilidades que se pueden abarcar desde este tipo de terapia. 

Como vemos, este modelo permite citar a aquellas personas o subsistemas de la familia (padres o hermanos) que consideremos que, bien participan de alguna manera en el problema de la persona, bien pueden contribuir a su solución.

Las sesiones individuales que convocan a un solo miembro de la familia suelen realizarse con frecuencia semanal o quincenal. Las sesiones con alguno de los subsistemas (padres o hermanos) y las que implican a toda la familia, suelen espaciarse un poco más, desde las 2 o 3 semanas hasta el mes o los varios meses. 

Las terapias de pareja también suelen llevarse a cabo con frecuencia quincenal. En todo caso, la frecuencia variará en función de cada caso y cada momento de la terapia.

En este modelo el trabajo suele hacerse en equipo, lo cual supone la implicación de más de un terapeuta. Esto se hace así pera tener un mayor control de la situación terapéutica, dado que en muchas ocasiones son varios los miembros de la familia implicados, habitualmente con graves problemas de salud mental. 

Se trata siempre de estar a la altura del problema que la familia trae a consulta, utilizando para ello todo el arsenal posible. De esta manera, lo más habitual es que haya dos terapeutas participando en la terapia.

Por ejemplo, uno puede tender a un miembro de la familia de forma individual, para luego juntarse con un compañero para abordar en co-terapia a la familia al completo. 

También suele ser habitual que dos profesionales vean por separado a los dos miembros de la pareja, o que los dos en co-terapia atiendan a la pareja al tiempo que cada uno de los terapeutas atiende por separado a un miembro de la pareja. Estos son sólo algunos ejemplos. 

Por supuesto, todos los profesionales implicados en el caso trabajan siempre en estrecha coordinación. En todo caso, se considera siempre indicado que al abordar a una familia al completo debe haber más de un terapeuta implicado en el proceso.

La terapia de familia y de pareja es una potente herramienta para abordar el sufrimiento psicológico. Puede contribuir a mejorar las relaciones familiares y a ayudar a familias y parejas en situación de crisis, pero también a generar cambio y mejoría en personas que padecen trastornos mentales. 

La terapia de familia resulta especialmente útil cuando nos encontramos ante un niño, adolescente o adulto joven que padece alguna forma de malestar emocional o de trastorno mental, ya sea leve o grave. Podemos entender fácilmente que la implicación de la familia es decisiva a la hora de ayudar a los más jóvenes.

Por último, es imprescindible recordar que el trabajo terapéutico siempre se realizará respetando la autonomía y las demandas de las personas y en condiciones de máxima confidencialidad, tal y como lo establecen las regulaciones deontológicas y nuestra ética profesional.